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Perque nosaltres tenim de ser amos del nostre desti
POR QUÉ ES USTED «EL DUEÑO DE SU DESTINO»
Cuando Henley escribió sus proféticas palabras: «Soy el dueño de mi destino, soy el capitán de mi alma», debería habernos informado de que nosotros somos los dueños de nuestro destino, los capitanes de nuestra alma, porque tenemos el poder de contro¬lar nuestros pensamientos.
Debería habernos dicho que nuestro cerebro se magnetiza con los pensamientos dominantes que lle¬vamos en la mente, y que, por mecanismos que na¬die conoce bien, estos «imanes» atraen hacia noso¬tros las fuerzas, las personas, las circunstancias de la vida que armonizan con la naturaleza de nuestros pensamientos dominantes.
Debería habernos dicho que, antes de poder acu¬mular riquezas en abundancia, tenemos que magne¬tizar nuestra mente con un intenso deseo de rique¬za, que hemos de tomar conciencia de la riqueza hasta que el deseo por el dinero nos conduzca a ha¬cer planes definidos para adquirirlo.
Pero, al ser un poeta, y no un filósofo, Henley se contentó con afirmar una gran verdad de manera poética, dejando que sus lectores interpretaran el significado filosófico de sus líneas.
Poco a poco, la verdad ha ido desvelándose, has¬ta que ahora parece cierto que los principios descri¬tos en este libro contienen el secreto del dominio so¬bre nuestro destino económico.
PRINCIPIOS QUE PUEDEN CAMBIAR SU DESTINO
Ahora estamos preparados para examinar el pri¬mero de esos principios. Mantenga una actitud de apertura mental y recuerde, a medida que vaya leyen¬do, que no son invención de nadie. Son principios que han funcionado para muchos hombres. Usted puede ponerlos a trabajar para su propio beneficio permanente.
Verá qué fácil es.
Hace algunos años, pronuncié el discurso de la entrega de diplomas en el Salem College, en Salem, Virginia Occidental. Acentué el principio descrito en el próximo capítulo con tal intensidad, que uno de los miembros de la clase que obtendría el diplo¬ma se lo apropió, y lo convirtió en parte de su forma de ver la vida. Ese joven llegó a ser miembro del Congreso y un personaje importante en la Adminis¬tración de Franklin D. Roosevelt. Me escribió una carta en la que presenta con tanta claridad su opi¬nión sobre el principio que trataremos en el próxi¬mo capítulo, que he decidido publicarla como intro¬ducción a dicho capítulo.
Le dará una idea a usted de los beneficios que le esperan.
Estimado Napoleon:
Dado que mi servicio como miembro del Con-greso me ha proporcionado cierta comprensión de los problemas de hombres y mujeres, le escri¬bo para ofrecerle una sugerencia que puede ser útil a millares de personas.
En 1922, usted pronunció un discurso en la entrega de diplomas en el Salem College, cuando yo era miembro de la clase que los recibiría. En aquel discurso, usted plantó en mí mente una idea a la que debo la oportunidad que ahora ten¬go de servir a la gente de mi Estado, y que será responsable, en gran medida, de cualquier éxito que yo pueda alcanzar en el futuro.
Recuerdo, como si hubiese sido ayer, la ma¬ravillosa descripción que usted hizo del método por el que Henry Ford, con muy pocos estudios, sin un dólar, sin amigos influyentes, llegó tan alto. Entonces resolví, incluso antes de que usted hubiera acabado su discurso, que me haría un lugar en la vida, sin que importara cuántas difi¬cultades tuviera que afrontar.
Millares de jóvenes terminarán sus estudios universitarios este año, y los años venideros. Cada uno de ellos estará buscando un mensaje tan alentador como el que yo recibí de usted. Querrán saber a dónde acudir, qué hacer, cómo empezar en la vida. Usted puede decírselo, por¬que ha ayudado a resolver los problemas de mu¬cha gente.
En Estados Unidos hay en la actualidad miles de jóvenes que quisieran saber cómo convertir sus ideas en dinero, gente que debe empezar desde abajo, sin dinero, y amortizar sus pérdi¬das. Si alguien puede ayudarles, es usted.
Si publica el libro, me gustaría tener el pri¬mer ejemplar que salga de la imprenta, autogra¬fiado por usted.
Con mis mejores deseos, créame, cordialmen¬te suyo,
JENNINGS RANDOLPH
Treinta y cinco años después de haber leído aquel discurso, fue un placer para mí regresar al Salem College en 1957 para hacer el discurso de la entrega de diplomas. En aquel entonces recibí el tí¬tulo de doctor honorario de Literatura del Salem College.
Desde aquella ocasión, en 1922, he visto prospe¬rar a Jennings Randolph hasta llegar a ser ejecutivo de una de las más importantes líneas aéreas de la nación, un orador muy inspirado, y senador de Esta¬dos Unidos por Virginia Occidental.
TODO AQUELLO QUE LA MENTE HUMANA PUEDA CONCEBIR Y CREER SE PUEDE ALCANZAR
salutacions
Ramon
www.vatimeb.ws
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